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La Chiquis y Luchita

La fuerza de choque de la Subsecretaría

Una enooooooorme sala de espera hace que la “Chiquis” se vea más pequeñita de lo que de por sí es. Con no más de 20 años y una sonrisa inagotable que incluye amalgamas e incrustaciones de oro, contesta el teléfono, que simplemente no deja de sonar, sirve café, atiende a los mensajeros, se encarga de la oficialía de partes, toma recados y hasta dictados, y a cada señal del Ing. Cipriano Montes, el secretario particular, va cediendo el paso a cada uno de los desesperados directores, recomendados, dirigentes empresariales, gestores, líderes sindicales, vendedores, las hijas con todo y novios, aspirantes políticos... y cada tercer viernes hasta don Ramón, el fiel y veterano peluquero, que todos los días mantienen como avispero la antesala de la Subsecretaría.

Incólume ante los desplantes de algún primo influyente o a los berrinches de la señora del Subse Lascuraín, la Chiquis reparte sonrisas a diestra y siniestra. Vamos, ¡se carcajea hasta con los ojos! En nada le pesan las tres horas y cacho que le toma venir desde su casa. Tampoco le molestan los constantes exabruptos del jefe y su azotón de puerta.

La chaparrita, como también la conocen, tiene una sonrisa para cada ocasión. Es capaz de sonreir ante el desánimo, mal humor y majaderías que caracterizan a Luchita, la otra sempiterna recepcionista de la oficina. Doña Luchita es precisamente la otra cara de la moneda, su boquita de taquete y sus labios de gusanito apenas si se mueven cuando pretenden sonreír. Detrás de unos lentes con fondo de botella se esconden unos ojitos claros pero avispados e incisivos, que lo mismo se ocupan de voltear a alguno de sus interlocutores o leyendo TV y Novelas que viendo las manecillas cuando van a dar las doce.

Considerada como la rocafuerte del inventario dentro de la sala de espera, Luchita padece el síndrome de la enfermera: ¡ha visto demasiado!...... y no la perturban ni el jefe, ni el San Quintín de la oficina. Con toda parsimonia teje, llena crucigramas y, si no deja que se le adelante la Chiquis como siempre, pues contesta alguna que otra llamada. Aunque nadie podría creerlo, Luchita y la Chiquis se complementan. Ésta es la que hace casi todo el trabajo, la otra la que mantiene el equilibrio, la serenidad. Se trata simplemente de una fórmula, de un equipo muy particular. A pesar de las constantes críticas y de sus comentarios en tono mordaz, de su aparente desinterés, de sus prolongados silencios, Luchita sabe cuánto depende de la vitalidad y energía de la Chiquis. No hay lugar para rivalidad alguna, entre ellas hay cuando mucho alguna complicidad.

Carlos García de Alba Z. es Dir. Gral. de Relaciones Internacionales de la SEP. Escríbale a caregalbaz@yahoo.com.


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Febrero-Marzo 2008
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