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Tradiciones >> Escrito por Julio César Rivas La palabra como arte
En 1993, la Casa Real japonesa anunció que el príncipe heredero de Japón, Naruhito, se casaría con Masako Owada, una diplomática nipona de 29 años. Inmediatamente tras el anuncio, Owada inició un largo y complejo proceso de aprendizaje para convertirse primero en princesa y, en el futuro, en la emperatriz japonesa. Esta educación incluía el aprendizaje de conocimientos tradicionalmente requeridos a la realeza nipona, entre ellos el shodo, la caligrafía japonesa.
Día tras día y durante semanas, Owada estudió en la “Sala de la Esperanza” de la biblioteca del palacio imperial. Gran parte del tiempo, la futura princesa se concentró en el shodo, la caligrafía japonesa. Porque en Japón, la caligrafía es un arte y aquellos que la dominan adquieren un estatus social superior. Y viceversa, aquellos que pertenecen a las clases más altas de la sociedad se les presupone una especial destreza en conocimientos tradicionales, desde el shodo hasta la poesía japonesa, waka.
El proceso de aprendizaje de la princesa Owada, que antes experimentó la actual emperatriz Michiko, es un símbolo de la importancia que algo tan tradicional como la caligrafía tiene en el Japón moderno.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Japón protagonizó una asombrosa recuperación industrial. En Occidente, el éxito japonés en la fabricación de productos electrónicos, informáticos o automóviles se resumió con la idea de que el país asiático copiaba las ideas de otros y las reducía en tamaño para comercializarlas en todo el mundo. Como con todo, la realidad es más compleja y nadie puede negar el ingenio nipón.
Pero lo cierto es que la etiqueta que surgió en la segunda mitad del siglo XX en Norteamérica y Europa para identificar a Japón tiene un antecedente mucho más lejano en el tiempo: la escritura.
La mayoría de los expertos aceptan la idea de que los grupos que habitaban las islas que hoy constituyen Japón no contaron con un sistema de escritura hasta que alrededor del siglo IV después de Cristo (d.C.) se adoptaron los ideogramas de la China imperial.
Como pasó en muchas partes de Europa con el latín, el idioma del Imperio Romano, en Japón aquellas personas que podían leer chino se consideraban la elite intelectual del país. Y como con el latín, el estamento religioso jugó un papel fundamental para la llegada de la escritura china a Japón y su transformación en un sistema autóctono.
En el Extremo Oriente, monjes budistas chinos fueron los que llevaron a Japón, a través de la península coreana, los complejos ideogramas chinos que sirvieron de base para representar gráficamente los sonidos de la lengua de los japoneses.
A partir del siglo IV (d.C.), la escritura china en Japón empezó a transformarse. El libro japonés más antiguo que se conoce es Kojiki, datado alrededor del año 712 (d.C.) Kojiki está redactado con una escritura que mezcla caracteres directamente tomados de la lengua china, conocidos como kanji, con otros adaptados a la idiosincrasia japonesa. Esa escritura híbrida se conoce como kanbun y es considerada el primer sistema nipón.
Hoy en día, los kanji son uno de los tres pilares de la escritura japonesa. Los otros dos son hiragana y katakana, los sistemas que representan las sílabas de las palabras. Además, la lengua japonesa también ha incorporado caracteres del alfabeto latino, llamados en japonés romaji, así como los numerales arábigos.
Si la escritura japonesa se basa en China, su caligrafía sigue la misma pauta. Como en chino, y a diferencia de la escritura occidental, los diferentes trazos de los ideogramas y símbolos tienen que ser dibujados en un orden predeterminado y en la dirección tradicional. Por ejemplo, no es lo mismo empezar de arriba a abajo que de abajo a arriba. Cada movimiento de cada palabra ha sido establecido en el shodo y esa tradición es la que se tiene que seguir.
Los estilos de shodo El más formal estilo de shodo se llama kaisho y es el utilizado para representar los ideogramas kanji. Su aspecto es más cuadrado y legible que los otros dos estilos, gyosho (semi cursiva) y sosho (cursiva). Estos dos estilos son los que los japoneses utilizan en su vida cotidiana, más rápidos y menos legibles que kaisho.
No sólo la escritura en si misma es un proceso estrictamente regulado. Los instrumentos de escritura también siguen una rígida tradición. Un calígrafo japonés practicará su arte con un conjunto de herramientas que se inicia con el shitajiki, una superficie blanda que proporciona una superficie cómoda para escribir. Otro elemento es el bunchin, una vara metálica que se maneja con la mano que no sostiene el pincel (fude) y que sirve para mantener fijo el papel, llamado hanshi.
La tinta que se utiliza en la caligrafía japonesa se produce al mezclar agua con el sumi, una vara sólida hecha con un material soluble negro. El sumi se diluye en un suzuri, un pesado recipiente negro en el que se moja el pincel.
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Autor Gilberto Santa Rosa, el caballero de la salsa
Considerado como uno de los artistas más respetados de Latinoamérica, Gilberto Santa Rosa se ha ganado a pulso con su sonrisa, sencillez y carácter popular el título de “El caballero de la salsa”.
Después de una carrera artística de más de 30 años, Santa Rosa está convencido de que se encuentra en “uno de los mejores momentos”. Y no es para menos. Cómodo y satisfecho de sí mismo se mantiene “con un norte, sólido y maduro” gracias al éxito de su última producción discográfica, Contraste.
Este boricua de 45 años asegura que el propósito de su vida es “tener una carrera larga y saludable” y que el éxito se debe a que se considera una persona “trabajadora”, aunque admite que es un “vago” en el momento de grabar en el estudio.
Mientras saborea una taza de café, el intérprete de Por más que intento, Que se lo lleve el río y No quiero na regalao afirma que “la música es un producto de la vida misma”. “Vivo enamorado de la vida”, nos afirma.
El gusto por la música de Santa Rosa comenzó desde pequeño cuando observaba en la televisión las interpretaciones de El Gran Combo de Puerto Rico con Pellín Rodríguez, Andy Montañez y Mikey Ramos entre sus cantantes principales.
“Aprendí a cantar con Andy Montañez y Pellín Rodríguez. Esos son mis cantantes favoritos”, recuerda.
En 1975 tuvo su primera actuación en público cuando se presentó en un programa de televisión cuando aún cursaba en la Escuela Libre de Música de San Juan. Tras culminar sus estudios, grabó su primer disco, Borinquen Flame, a los 24 años.
Su mayor logro, no obstante, fue cuando el músico Elías Lópes le invitó a la agrupación La Grande, con la que viajó a Nueva York para grabar el nuevo disco de la orquesta, We love New York (Amamos Nueva York). En ese disco incluyó temas propios como Busca lo tuyo, Satisfacción y Tu indiferencia. Tras dos años con el grupo, Santa Rosa se unió a la Puerto Rico All Stars donde formó parte del equipo vocal junto a Montañez.
Fue el fallecido salsero boricua Tommy Olivencia quién invitó a Santa Rosa a unirse a su orquesta, con la cual grabó los discos La rumba de los santos y Cómo sube la gasolina. Santa Rosa, sin embargo, se desligó de la orquesta Olivencia y se unió a la de Willie Rosario junto a la voz de Tony Vega y Bobby Concepción.
Tras varios años junto a Rosario, Santa Rosa decidió formar su propia orquesta e integrar el romanticismo en su música, a semejanza de cantantes como Tito Rodríguez, algo que fue criticado por “los puristas del género que condenan el tema romántico” en la salsa.
“Cuando descubrí la canción romántica, uní mi voz con esa música y con arreglistas. Encontré una línea que me causa mucho placer y a la gente le gustó”, añadió Santa Rosa.
Se confiesa como su “mayor crítico” porque reconoce cuando hace algo mal como le sucedió con diversas canciones al principio de su carrera por el “color de la voz y la intención de la canción”.
“Todo el mundo critica la música, pero no la forma en que canta el artista”, destaca. Aún cuando critica canciones que no le gustaron también subraya cuatro temas que han sido “cartas de presentación y que marcaron mi carrera”: Sin un amor, Conciencia, Perdóname y Que alguien me diga.
“Nunca he sido un cantante dramático, sino sentimental. Hay que transmitir en un estudio una canción creíble, que la gente la sienta. Eso es lo que uno trata de hacer”, sostiene. Aunque se describe un cantante sentimental y no un “llorón”, manifiesta que se le hace “difícil” llorar en presencia de miles de personas que a través de su carrera han sido testigos de su inconfundible voz.
"La música es un producto de la vida misma"
| Discografia |
- De cara al viento – 1994
- En vivo desde el Carnegie Hall – 1995
- Esencia – 1996
- De corazón – 1997
- Expresión – 1999
- Romántico – 2000
- Intenso – 2001
- Viceversa – 2002
- Sólo Bolero – 2003
- Auténtico - 2004
- Directo al corazón - 2006
- Contraste - 2007
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| Reconoce que llora “por dentro” y se emociona cuando niños cantan sus canciones. Asegura que se “muere” por hacer un disco con El Gran Combo de Puerto Rico por el “respeto” que les tiene a los denominados “Universidad de la salsa”. Santa Rosa, quien se encamina a conquistar América del Sur agradece a otros países latinoamericanos como Colombia, Ecuador y Perú, pues en ellos los salseros “están vivos” musicalmente. Esas vivencias en la mayoría de los países de Latinoamérica fueron sembradas por la agrupación Las Estrellas de Fania durante las década de los 1960 y 1970, en la que la mayoría de los exponentes de la salsa formaron parte como Héctor Lavoe, Celia Cruz, Rubén Blades, Ismael Miranda, Cheo Feliciano, Johnny Pacheco, entre otros. Santa Rosa se atrevió a decir que “se podría” volver a tener una misma agrupación como La Fania, pues “en término de talento, lo hay”, por lo que le “gustaría que pasara, aunque que no es necesario que pase”. “El fenómeno no sé si se repita. Hay que abrazar una idea y dejar los egos fuera, y los prejuicios y conceptos equivocados. Ellos seunieron en pro de una música. Ahí era de tú a tú”, recalcó.Y aunque a Santa Rosa se le reconoce por su carrera musical, también ha tenido la oportunidad de probarse en el teatro, en el que próximamente trabajará en un proyecto que será una “mezcla de música y actuación”, según dijo. Este padre de cuatro hijos, Santa Rosa viaja constantemente promocionando su nuevo discoContraste en el que incluye el tema compuesto por el cantautor cubano Juan José Hernández Cuenta Regresiva, uno de los más escuchados en los últimos meses.
Jorge Muñiz es periodista puertorriqueño.
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